Cuando vives Sin Internet toca hablarle a las máquinas

Paul abandonó internet en parte para recuperar el contacto cara a cara con las personas, pero terminó atrapado en uno de los inventos más deshumanizadores del s.XX: los call-centers

Hoy hace justo un año que Paul Miller empezó a descubrir el grado de aislamiento que causa la privación a internet. Él lo expresó llamándole “Postalfobia” a su aversión a enviar cartas postales, a poner mal la dirección o a olvidarse de poner algo esencial en el sobre.

Offline: Bills By Paul Miller on May 30, 2012

Offline: Bills By Paul Miller on May 30, 2012 – The Verge

Esta fobia me ha hecho pensar en el motivo principal que me impide hacer el primer euro en eBay: me sobra material para vender en casa, pero sólo pensar en cómo empaquetarlo para enviar al comprador se me hace un mundo. Pero lo que más me llama la atención es su frustración ante los call-centers, también conocidos como centros de llamadas.

Por que, claro, si ya no puede manejar sus recibos de luz, suscripciones o pagos del banco por internet le toca ir en persona a todas y cada una de las oficinas correspondientes… O llamar por teléfono. Y como dichas empresas no reciben precisamente una ni diez llamadas al día, gestionan la atención al cliente mediante un call-center.

 Y es que quien se los inventó seguro que buscaba la ruina de la humanidad entera. Especialmente por los mensajes automáticos a los que realmente me refería con el título (y sé de lo que hablo, que tiempo atrás me tocó programar unas cuantas). Esa lista interminable de opciones que nos obliga a escuchar, muchas veces con un vocabulario bastante incomprensible y, en definitiva, totalmente aberrante para unos usuarios que, justamente gracias a la web, ya estamos del todo acostumbrados a saltarnos las opciones.

Y es justamente eso lo que no podemos hacer cuando llamamos a un teléfono donde nos resulta respondiendo una máquina… hasta que te hartas y sueltas un AGENTE!!! o un OPERADOR!!! para poder hablar con un ser humano que, por desgracia, termina siendo tan mecánico como las voz grabada de la que pretendías huir.

Por que, por muchas que sea la buena voluntad que le pone el (o la) telefonista de turno, siempre corres el peligro de entrar en la mayor trampa de un call-center: la transferencia de llamadas. Es decir, si por desgracia no aciertas con el departamento adecuado, te pasan a otro compañero a quien tendrás que volver a indicar tooooooooda la información que le diste al primero.
Es de lo que Paul se quejó hará un año: una llamada de teléfono no tiene cookies. Si haces una gestión mediante web, casi siempre se quedarán guardados tus datos. Algo que clama al pánico de los conspiranoicos de la privacidad, pero que va de perlas a nivel práctico por que nos ahorramos el tedio de tener que rellenar una y otra vez los mismos formularios.
Pero volvamos a las llamadas, por que la desesperación de Paul (y de cualquier hijo de vecino) ante los call-center me hizo recordar una broma que un programa de radio colombiano le hizo a una compañía telefónica… a modo de venganza de parte de todos:

Donde las dan… las toman ;)

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